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Análisis El Niño y La Garza: Saber dejar ir

La supuesta última obra de Hayao Miyazaki es una oda personal a la pérdida de la inocencia, el amor de honrar a la memoria y un recuerdo de que siempre habrá magia en el mundo.

A estas alturas, es prácticamente una obviedad decir que Miyazaki tiene una peculiar visión de la vida. En sus últimas películas, más contemplativas y melancólicas, nos ha mostrado una visión doblegada ante los sentimientos más reflexivos de sus maravillosos mundos. El Niño y La Garza —condenamos al genio que se le ocurrió cambiarle el nombre original de “How Do You Live”—, si algo nuevo busca, es apostar aún más por un Miyazaki contemplativo, en cohesión con los trabajos más populares del autor.

Puede que con su premisa esto sea aún más evidente. El protagonista Mahito, en medio de la gran guerra, sufre por el fallecimiento de su progenitora, siendo transportado al campo para vivir con su padre y su nueva madre. En medio de esta compleja situación, se encuentra con un mundo oculto el cual lo lleva por un viaje introspectivo guiado por la figura de una extraña garza.

Esta fórmula, si eres seguidor de los trabajos anteriores de su director, no se aleja de lo que vimos en el Viaje de Chihiro, El Castillo Ambulante, Totoro y Ponyo. Porque sí, Miyazaki conserva esa búsqueda de la reflexión a través de la inocencia, una que siempre es acogedora por su facilidad para asombrarnos con imaginación descarriada.

 

 

En El Niño y La Garza, el camino a esta explosión de ideas es diferente, apostando no por la visión de un contexto desconocido a través de la ingenuidad de la niñez, en este caso esa propia condición de ser un infante ya le fue arrancada de raíz a nuestro protagonista, haciendo que el camino a seguir no sea explorar el mundo a través de la inocencia. Muy por el contrario, lo que vemos es la falta de esta.

Es por eso que la primera hora de la película es lenta y reflexiva, a la búsqueda de algo que no existe, esa felicidad de conocer al mundo por primera vez. No es un secreto que detrás de las historias de Miyazaki se encuentra un fuerte material autobiográfico, de nuevo, en El Niño y La Garza, esto no cambia y se repite como una constante.

La madre de Hayao Miyazaki falleció cuando él aún era un niño, teniendo como compañía a su padre con el cual tuvo una relación difícil, lamentándose en su fallecimiento por no haberlo entendido ni llegado a conocer de la forma en que le hubiera gustado. En muchas de sus películas, los vestigios de su familia están presentes de manera simbólica.

El padre de Miyazaki trabajaba en su propia fábrica de aviones, los cuales en la primera guerra mundial fueron usados como elementos de combate, un hecho que haría que por mucho tiempo —siendo Miyazaki un pacifista declarado y plasmado a través de sus películas— ese joven dibujante se sintiera algo avergonzado por los vestigios de su linaje. En uno de los tantos documentales sobre la vida del autor, Miyazaki revelaría, en torno a los aviones y su conexión con los de su padre dentro sus películas, lo siguiente:

 

“Sé que no debería honrarlos, pero esos eran unos muy buenos aviones, qué se le va a hacer”.

 

La tortuosa relación con su hijo, Goro Miyazaki, también ha sido el centro de una de sus más populares cintas en el pasado. “Ponyo”, una de las obras más amadas del director, sirvió como una disculpa hacia su retoño por haber sido un padre ausente, con carencias emocionales de cara a saber entenderlo y siendo distante por no poder comunicarse de la forma adecuada con su hijo.

 

El Niño y La Garza, Hayao Miyazaki (2024).

 

En El Niño y La Garza, Mahito resalta los sentimientos de un Miyazaki pequeño, compartiendo no solo sus experiencias, sino que también su personalidad estoica y reacia, la misma que tuvo él con su padre generado por la muerte de su madre. El entendimiento cercano de las experiencias que busca retratar terminan por crear un descubrimiento nuevo de los fantásticos mundos Ghibli.

Con una gran preocupación por construir un sentimiento secretista en la garza como el elemento que despierta una curiosidad que parece apagada en la mente de un Mahito desolado, la cinta se preocupa de un minimalismo estético que sirve para construir un estado mental particularmente poco aventurero.

Dicho desolador espacio cognitivo solamente se ve en peligro por los recuerdos tétricos de las llamas que calcinaron a la madre de Mahito abrazándolo, llamándolo a hacer algo por sí mismo. Aquello que no consiguió concretar, salvar a la persona que más amaba en el mundo.

Desde la música que parece a la espera de poder explotar, la primera parte de esta historia es contenida, como jugando con nuestra preconcepción sobre la obra de Miyazaki. Su creador reconoce a su propio estilo y trata de suprimirlo, sabiendo que podría hacerlo volar cuando le plazca. Las escenas donde la madre de Mahito, representada a través del fuego, tortura la mente de su hijo, son chispas de esta genialidad que siempre hemos valorado. Es un arranque pausado, que se cocina a fuego lento porque sabe que confiamos en él y está dispuesto a avanzar sabiendo que nos quedaremos a esperar sus revelaciones.

Cuando luego de una hora la cinta nos envuelve en la creatividad de un genio, lo hacemos con los recuerdos más oscuros de su protagonista a las espaldas, transportados a ese mundo fantástico por el que todos vinimos a ver lo nuevo de Ghibli. Desde aquí comienza lo que queremos ver: imaginación de primera llevada a la acción con la proeza de un maestro. 

Similar a como ocurría en El Viaje de Chihiro, Mahito ingresa por un túnel a un mundo nuevo, uno que está entre la vida y la muerte, los recuerdos y el presente; entre lo propio de su familia y lo fantástico de sus creaciones. De aquí podemos volver a asombrarnos con una sensibilidad artística guiada por la experiencia que da ser una de las voces más explosivas si de mérito netamente creativo estamos hablando. 

 

El Niño y La Garza, Hayao Miyazaki (2024).

 

Similar a lo que nos presenta Hideo Kojima en Death Stranding con el concepto de las playas que unen a la vida y a la muerte, el mundo fantástico creado por los antepasados de Mahito, está lleno de detalles preciosos de admirar, los cuales se sueltan frenéticamente a arroparnos en lo que conocemos y lo que esperamos de su creador.

Algo que siempre he amado de las cintas de Miyazaki es cómo parecen funcionar independiente de si estamos ahí o no. Si no entramos a esos mundos con Satsuki y Mei, Mahito o Sosuke, estos seguirán ahí. Por eso cada vez que lo pienso, asumo que son reales y Hayao Miyazaki es el único que tiene la oportunidad de verlos, logrando recrearlos con talento, despertando una sensación de verosimilitud que podría ser la respuesta al por qué es imposible sacarlos de nuestras cabezas.

Ghibli y su cara visible siempre han logrado suprimir a la propia lógica de lo que vemos ¿Por qué en Chihiro hay un monstruo de lodo y fango que se va a dar una ducha? Qué se yo, ciertamente, a quién le importa. Estos mundos siempre nos han pedido una cosa, una simple que trae consigo reminiscencias de la infancia: entregar nuestro sentido de la duda y la desconfianza. Siempre hemos visto estos universos por lo que son y no por el cómo ocurren, esa es la gracia de todo, el vivir antes que el cuestionar. 

 

El Niño y La Garza, Hayao Miyazaki (2024).

 

Por supuesto que si le preguntas a Miyazaki, todo tendrá una explicación simbólica que nos vuele la cabeza. La pureza de lo que crea se encuentra en saber que hay algo más allá, sin querer arruinar la ilusión de saber como funciona. Tal cual lo haría un mago que se rehúsa a revelar sus trucos en pos de elevar su acto.

Claro, nos encanta saber el por qué detrás de lo que vemos, en el caso de una película con estas características, se supone que no lo sepamos; pájaros que marchan, criaturas que vuelan y magia que irradia pasión, deberían ser un misterio si los vemos por primera vez. Ghibli y sus obras, nos piden que seamos unos niños tratando de hacerle sentido a un mundo nuevo como podamos. Si no logramos entenderlo a la primera, está bien, eres un niño, por lo menos en este espacio físico y mental, puedes volver a disfrutar sin más.

Es sabido el desprecio de Miyazaki por el anime, el cine norteamericano y realmente a casi todo. Siempre he creído que la más grande prueba de esto, ha sido esta manera cotidiana en la que concibe a sus historias y sus maravillas. En una cinta clásica de Disney, usualmente los mundos que vemos necesitan a un héroe, alguien que sea el catalizador para que todo a su alrededor funcione.

Cuando Chihiro conoce una dimensión desconocida hace lo que cualquier otra persona allí haría: trabajar y tratar de sobrevivir. Esa naturalidad con la que los universos se desarrollan habla de lo bien pensados y detallados procesos que pasan por la mente de Miyazaki a la hora de crear sus obras.

 

El Niño y La Garza, Hayao Miyazaki (2024).

 

En El Niño y La Garza, esta noción de un mundo funcionando a nuestro alrededor está pulida hasta lo enfermizo, provocando que los personajes que vamos conociendo sean genuinos, que nos hagan reflexionar sobre la importancia de valorar lo que tenemos. Finalmente, de eso va la obra, de entregarle un valor a lo que amamos antes de que sea demasiado tarde.

Luego de mucha fantasía, incredulidad ante la perfección y escenas donde alguna lágrima quizás se derrama, el viaje de Mahito para poder recuperar una parte de su vida y sanar con otra que parecía perdida, nos hace pensar en que lo que debemos tener siempre presente es aquello que nos ha formado como lo que somos.

Es una cinta sobre el amor, el trauma, la pureza de la niñez y como poder recuperarla a través de esas personas que nos logren empujar hacia adelante, estén con nosotros físicamente o nos acompañen desde la distancia. Miyazaki acaba de cumplir 83 años y eso se impregna en su obra, emocionándonos por su capacidad de anteponerse a su evidente cansancio.

Si partiéramos en dos El Niño y La Garza, obtendremos dos películas muy distintas que se necesitan la una a la otra. La primera consigue transmitir una sensación de cansancio, de querer tirar la toalla, ignorando lo que pueda suceder, encontrando solo en el pasado una motivación para hacer algo.

La segunda es la realización de lo que podemos lograr, conocer y amar si nos volvemos a levantar, si encontramos algo lo suficientemente hermoso como para levantar la cabeza. No creo ser el único agradecido de que algo siga siendo Hayao Miyazaki.

Al igual que Scorsese en The Irishman (2019), Miyazaki parece querer meditar sobre los resquemores de su edad y las dudas sobre su legado. Uno que ya está cimentado como uno de los grandes realizadores japoneses en la historia, pero que, al verse cerca del final, se niega a dejar ir.

 

Hayao Miyazaki junto al poster oficial de su ultima película antes de El Niño y La Garza, The Wind Rises (2013).

 

Se siente una noción de que volver a volarnos la cabeza igual que antes sería imposible y su autor lo sabe. Puede que en una primera impresión, El Niño y La Garza, no nos deje sin aliento como los anteriores trabajos del estudio Ghibli. Mientras más la dejas remojando en tu mente, más se abre como lo que es, honestidad y valentía por sobre la espectacularidad de antaño.

Una filosofía que solo es posible con el pasar de los años y la inminente noción de que debemos afrontar un futuro más adverso, quizás irremediablemente condenado. No por eso perderemos nuestra capacidad de amar y zambullirnos en la magia del mundo. Si esta es la última vez que lo hicimos de la mano de Hayao Miyazaki, desde aquí damos gracias por el viaje.

La última y quizás más dura realización autobiográfica de su autor se encuentra en el ocaso de su última obra. Todo este universo, liderado por pájaros, bolas blancas en busca de nacer y una descendencia que afecta todo lo que vemos, fue creado por una persona, el tío abuelo de Mahito quien cansado y anciano, cada cierto tiempo debe volver a crear un nuevo orden para mantener en paz su mundo y que este no desaparezca. ¿Les suena a alguien en particular?

 

Hayao Miyazaki dejando una flor en el funeral del cofundador del estudio Ghibli, Isao Takahata, fallecido en el año 2018.

 

El tío de Mahito representa al actual Miyazaki, exhausto y en busca de las manos correctas que soporten a su propia obra. En ese ocaso nos damos cuenta de la realización más triste de Miyazaki. Su mundo, todo lo que ha creado, desaparecerá con él y no hay nada que podamos hacer para evitarlo.

En Mahito — posiblemente representando a la figura del hijo de Miyazaki, Goro— está la oportunidad de poder retomar lo anteriormente creado pero este decide no hacerlo, elige vivir su vida alejada del legado de su familia pero con orgullo por lo que han dejado atras. La resolución de su obra, todo lo que hemos amado por años, está condenado a desaparecer porque no podemos eternamente seguir necesitándolo.

Si Mahito representa a un joven Miyazaki y su tío abuelo a su versión actual, ya en sus últimos años de vida, la respuesta que obtenemos es que su creador daría todo por poder dejar este mundo en paz sabiendo que si su obra se desmorona, si desaparece, lo hizo entregando a los jóvenes como él, a su propio hijo, algo más importante: la oportunidad de perdonarnos y volver a nuestras vidas con la capacidad de ver magia en el mundo.

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