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Análisis Past Lives: Un sobrio y sofisticado ensayo de como mantenernos presentes

“Estar en un país extranjero significa caminar sobre la cuerda floja, muy por encima del suelo, sin la red que le brinda a la persona el país donde tiene a su familia, colegas y amigos.  

Dónde puede decir fácilmente lo que tiene que decir en un idioma que conoce desde la niñez.”

 

Milan Kundera, The Unbearable Lightness of Being

 

Seguramente muchos de nosotros nos hemos sentado en un bar o restaurante a observar personas, adivinar cómo será su vida y ver la porción de la realidad que deciden llevar en público. Es un ejercicio de imaginación que nos sirve para entablar conversaciones sobre cómo vemos al mundo que nos rodea. Yo lo he hecho, de hecho, me encanta hacerlo, sobre todo si es con alguien con el que comparto uno que otro sentimiento.

Este mismo ejercicio es el que Past Lives realiza con su primera secuencia, dándonos una voz en off que tantea con lo que puede ocurrir en ese espacio personal, tan alejado del nuestro y tan cercano al mismo tiempo.

Un arranque creativo que nos muestra a dos personas asiáticas sentadas en la barra de un bar, colorizado a través de tonalidades cálidas, junto a un ciudadano norteamericano, al cual no se le presta mucha atención. Poco a poco la cámara se acerca, con sutileza, hasta los ojos de la mujer que se posan sobre nosotros, como dándonos permiso de conocer su historia, dejar de especular y ver qué hay más allá.

 

 

Con el diálogo externo, quizás representando al espectador o la propia realizadora, logra recrear tan solo en sus primeros minutos la idea de no entender lo que pasa a nuestro alrededor, pero sí tener la curiosidad necesaria para intentar deducirlo. Reminiscente al monólogo de Greta Gerwig en Frances Ha, en el que se dice que hay mundos secretos en la vida de la gente que no tenemos la habilidad de percibir.

Esos mundos secretos son los que, en la cinta de Baumbach, se ven como un ideal para la vida de su protagonista, aquí, en la obra de Celine Song, esos universos internos son más complicados que una idea de lo que queremos. Una noción de lo que pudieron ser y, probablemente, jamás serán. 

Cómo nos relacionamos con nuestro entorno y, por lo tanto, con nuestras relaciones sentimentales, es una de las grandes dudas y temas que Song pone sobre la mesa en su debut como directora. Uno de los relatos más humanos, honestos, simples y bien desarrollados en un largo tiempo, aprovechando hasta el último segundo de su duración para enseñarnos cómo no perdernos en la distancia ni en la vida adulta.

La condición necesaria para sostener una narrativa como esta puede variar, aquí no podría ser más simple. Nora y Hae Sung son dos niños coreanos que por el destino se ven separados, ella con destino a Nueva York para ampliar su visión del mundo y él aun tratando de encontrar su camino en Seúl.

Es bajo estos contextos en los que Song decide crear una historia infundada en el valor de inmigrar, sus dificultades de cara a poder conectar con otros y como al lograrlo querer mantenernos cercanos a nuestras propias raíces.

 

 

Desde la separación de ambos personajes, se hace un hermoso y orgánico trabajo de contrastar a sus protagonistas, entregándonos el día a día de una Nora ampliando de a poco su mundo, acoplándose a una nueva norma social, mientras que Hae Sung parece estar desolado por la normalidad pero extasiado por la oportunidad de salir de ella.

Es en estos pasajes donde la película presenta a sus otros protagonistas: la rígida y natal Seúl y a la vibrante llena de oportunidades Nueva York. Los enfoques y la inherente narrativa detrás de ellos, quiere mezclar a ambos personajes a través de sus ciudades, con un punto de congruencia en como ambos plantean recuperar algo de su niñez, Nora buscándolo a través del propio Hae Sung y este último tratando de expandir su mundo gracias a ese amor juvenil que jamás se concretó.

Desde ahí vemos a un par de personas encontrándose, dejándose ir y manteniéndose cerca por lo que significan el uno para el otro, pero también por lo que representan y, desgraciadamente, obstaculizan en sus propios crecimientos personales.

Past Lives es una película sobre la identidad, sobre establecernos como personas en el mundo, con los trabajos que escogemos, las personas que mantenemos cerca y aquello que nos gustaría llegar a ser sin olvidar de dónde venimos.

 

 

La relación de Nora con sus raíces y con Hae Sung es siempre tratada con pureza a pesar del paso de los años, tratando de mantenerla en el centro de todo porque es una ventana a una realidad que muchas veces se queda como una posibilidad que jamás tenemos el valor de volver a retomar.

La inteligencia de lo que busca representar está en su sofisticada e íntima forma de acercarnos a algo ajeno, tan bien escrita y llevada que es difícil no sentir que conocemos estas historias, sus trasfondos y los resquemores que generan. Es por eso que aquellos ojos de Nora que nos confrontan en un principio, cobran más y más sentido mientras la película se torna más personal, derrochando en gusto por la estética sencilla, sin dejar de ser abundante en emotividad.

 

Todos tenemos algo que contar

 

Con Past Lives he visto un fenómeno interesante, no anómalo, pero sí refrescante. En los comentarios sobre la película, me he encontrado gran cantidad de personas compartiendo ya no solo su opinión sobre la cinta, sino que sus propias experiencias personales con esas historias de amor que pintaban para un algo y terminaron siendo un “qué hubiera pasado si es qué”.

Hubo una en particular que llamó totalmente mi atención. Una chica trans contaba su historia de amor con un chico cis, como por más de 10 años se habían mantenido juntos de la manera que fuese, ella sintiendo la culpa de estar a su lado sin revelarle sus sentimientos y el alejándose por deber inmigrar.

 

 

Si quieren leer la historia completa está en Letterbox como una de las más populares —Sí, acabo de citar una review de Letterbox—, lo que quiero decir es que historias tan profundas como estás (destaco solo una en particular por parecerme la que personalmente más me ha entibiado el corazón), se han compartido por montones, creando alrededor de Past Lives un espacio seguro, uno en donde todos podemos admitir que nos hemos visto reflejados alguna vez.

Muchos nos hemos movido, dejando nuestras ciudades en busca de algo, a veces por decisión propia, otras no. Muchos hemos tenido que afrontar la aterradora noción de ir de un lugar a otro, buscándonos a nosotros mismos.

De ciudad a ciudad, de país a país, incluso de continente a continente. Una de las cosas que se pierde al emigrar, es la capacidad de compartir las mismas experiencias de la niñez, de aprendizaje y de entendimiento cultural que jamás podremos replicar por más que tratemos.

 

 

Casarse o compartir una relación con alguien de otra proveniencia tiene una dificultad agregada al ya complejo proceso de las relaciones sentimentales. Tener que aceptar que hay una parte de nosotros que nuestra pareja jamás podrá entender.

Un espacio personal en el que podemos compartir lo más que queramos; sin embargo, jamás seremos capaces de abrir completamente porque es simplemente imposible. Como lo define la propia película en una frase que no ha salido de mi mente desde que salí del cine: “Sueñas en un idioma que no puedo entender”.

Past Lives nos enfrenta a qué tan lejos estamos dispuestos a ir por no tener esa sensación de vacío eterno, si somos capaces de aceptarlo y crear nuevas formas de conectar o simplemente nos veremos eternamente en la búsqueda de encontrar ese algo, aunque nos tome 12 años y volar 13 horas de una parte del mundo a la otra descubrirlo.

Para Nora siempre ha sido claro que avanzar es todo lo que conoce, ir emprender vuelo como norma y sacrificar sus deseos como individuo. Para Hae Sung, la búsqueda de estar en paz consiste en llegar hasta las últimas consecuencias, haber hecho todo lo humanamente posible para averiguar si esa niña de la que se enamoró sigue ahí o se quedó con él en Corea.

 

“In Yun”

 

 

Podría hablar de lo bien escrita e inteligentemente bien llevada que está Past Lives, pero una película tan íntima, sofisticada visualmente y sobria en su unicidad guiada por su cercanía, merece un trato similar.

Que nuestras historias se entrelacen con la cultura es parte de la gracia de este mundo, de esta realidad digital. A Veces parecemos desconectados de nosotros mismos, fuera de nuestros cuerpos por querer entregarlos a una red social, una conexión presente pero vacía.

Past Lives nos recuerda que si tenemos la oportunidad de conocer realidades y hacerlo de manera íntegramente artística, es en parte gracias a esa conexión que tan solitarios nos puede volver, tan genuina cuando logramos plasmarla en la realidad.

 

past lives

 

En la cinta el concepto de “In Yun”, se describe como una conexión que tuvieron dos personas en sus vidas pasada, la cual se manifiesta de diferentes maneras. Usar el mismo color de vestimenta, compartir un espacio físico, opiniones o una anécdota que demuestre esta conexión. 

Compartir nuestras propias experiencias a través de la existencia de Past Lives, crea algo más que simplemente momentos de sinceridad en internet, porque afrontémoslo, esas historias se irán, perdiéndose en una base de datos al control del multimillonario de turno.

Lo que no se perderá jamás es la noción que adquirimos. A pesar de que estemos al otro lado del mundo, no hablemos el mismo idioma y sintamos que estamos aislados en eco cámaras de información, gracias a Celine Song y su historia de dos amantes tempranos y tardíos al mismo tiempo, sabemos que tenemos un “In Yun” con alguien más en el mundo, con miles de millones.

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