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Análisis Priscilla: Una vida en el olvido

La nueva cinta de Sofia Coppola -Priscilla- es un intento por recrear los pasajes más oscuros y emotivos de una de las figuras eclipsadas por la vida del rey del rock n roll.

Jamás me he querido acercar a la cinematografía de Woody Allen, hasta el día de hoy, la evito si no es estrictamente necesario. “Vicky Cristina Barcelona”, una historia en la que 3 mujeres se pelean por la atención de un hombre sumamente hegemónico, viril y mujeriego, fue mi primer acercamiento al director.

Al tener noción de los actos de abuso cometidos por Allen, supuse que dentro de su obra ciertas conductas personales habían logrado permear en su trabajo, para mi nula sorpresa, así fue.

Al acercar la cámara a Scartlett Johanson o cualquier otra mujer en el plano, la sensación que recibí fue la de acechar a una presa lista para ser devorada. No sé que tanto de esto se deba a mi noción preconcebida del realizador neoyorquino, lo cierto es que la manera en la que Allen grababa a sus actrices, no dejó de sorprenderme. 

Usualmente, delante de aquella mujer en foco, la cámara parece la mirada de un protagonista con un objetivo netamente carnal disfrazado de seducción y romanticismo. Si de algo me sirvió acercarme a la obra de Woody Allen fue como recordatorio de que el ojo de una cámara obedece a los pensamientos de una mente, en este caso, a la de una retorcida representación del poder en Hollywood. 

 

Cailee Spaeny como Priscilla Preasley  en su primera aparición en la cinta basada en el libro “Elvis and Me”. 

 

Cuando la cámara se acerca por primera vez a Cailee Spaeny en lo nuevo de Sofia Coppola, Priscilla, volví a recordar este momento debido a lo diametralmente distinto que fue presenciar una aproximación en comparación a la otra.

La mezcla de inocencia, misterio, elegancia y seguridad con la que Coppola decide enfocar a las mujeres dentro de sus obras, es la piedra angular para entenderlas como piezas vitales de las relaciones humanas, un mundo en sí mismas no por su funcionalidad, sino por su trascendencia como catalizadoras de historias valiosas y dignas de ser alzadas una y otra vez.

Ni siquiera la grandilocuente y abrumadora mirada del rey del rock n roll, es capaz de amenazar a una obra hecha y pensada para ser un testamento al sufrimiento y valentía de una figura históricamente usurpada de toda humanidad y singularidad.

 

 

Priscilla es una biopic y eso se nota por más razones que simplemente ver a personajes históricos en pantalla. Lo que busca la cinta, en gran parte, es resaltar los pasajes más oscuros, pero también cálidos de una mediática y secretista relación amorosa.

Una la cual contempla a una jovencita de 14 años y a un hombre adulto de 24 años, con mucho más poder sobre su interés romántico que el que su considerable diferencia de edad le concedía. 

Esta diferencia de edad y el poder con el que Elvis siempre eclipsó la vida de su esposa, se desarrolla en la cinta como una intención latente de recordarnos que lo que vemos en pantalla, contiene una oscuridad guiada a través de una composición y juego netamente visual de las posiciones de ambos involucrados. 

Nada en Priscilla es deliberado, estamos hablando de Sofia Coppola al fin y al cabo. La elección de Jacob Elordi como Elvis y de Cailee Spaeny como Priscilla se debe, además de sus grandes cualidades interpretativas, a aspectos diferenciadores físicos entre los actores, el más notorio de todos, el tamaño de ambos (Elordi midiendo 2 metros de altura y Spaeny siendo abismalmente más baja que su compañero).

Esto, en conjunto a atuendos que resaltan aún más estas disimilitudes, logra una inherencia ante lo prohibido, tratando siempre de incomodar al espectador.

 

“Priscilla”, Sofia Coppola (2023).

 

En estos detalles y sutilezas se encuentra la inteligencia de Coppola, quien nos permite percibir la perversión detrás de las intenciones de cada uno, resaltando la inocencia y vulnerabilidad de Priscilla, enfrentada al poder y la vida descarriada de Elvis Preastley. 

En este aspecto, Spaeny brilla con luz propia, con expresiones que gritan mucho más que su tímida personalidad. La interpretación de Priscilla es tan atrayente que, en muchas ocasiones, opaca en pantalla a un Elordi excelente, interpretando a una de las figuras más carismáticas en la historia de la música. 

De inmediato empezamos a percibir como la narrativa del filme está dispuesta a ser contestaría sin abandonar sus sutilezas. Trata al espectador con inteligencia, entendiendo que sabemos el porqué lo que estamos viendo en pantalla es perverso, resaltando a la víctima y al victimario desde los detalles, tratando de rodear a la obviedad de su contexto con naturalidad. 

Aproximación que la entrelaza con un referente absoluto como lo es “Lolita”, la cinta filmada por Stanley Kubrick en 1962. En la visión del director artífice de “2001 Odisea En el Espacio”, las relaciones prohibidas por la gran diferencia de edad, toman un camino macabro no por grandes muestras literales de aquello, sino que incomodan por la naturalidad con las que suceden.

 

Sue Lyon (Lolita) y James Mason (Humbert Humbert) en el set de Lolita dirigida por Stanley Kubrick, 1962.

 

Fórmula de la cual Priscilla aprende y logra repetir, tomando aquella idea de que no hay mejor forma de mostrar que algo está mal, asumiendo que todos los demás también tienen noción de aquello.

Una decisión que nace desde una Sofia Coppola que desborda pasión por la historia de una de las mujeres más relegadas en la historia de la cultura popular. La pasión por la figura de Elvis y Priscilla se siente en cada plano, cada conversación y sobre todo, en cada habitación. 

Si hablamos de la directora de “Lost in Translation” y “Las Vírgenes Suicidas”, hay un aspecto de su obra que le da un toque de personalidad instantáneo a las producciones bajo su mando

El cómo Coppola siempre ha sido capaz de ampliar las personalidades de sus personajes con el cómo decoran sus habitaciones, los colores que eligen, el maquillaje que usan, la música que escuchan o las revistas que leen le dan un toque de humanidad sobrecogedor a sus historias. 

 

Las Virgenes Suicidas, Sofia Coppola, 1999.

 

Con una filosofía llena de referencias culturales que nos dicen a la cara que somos lo que pegamos en nuestras paredes y lo que decidimos vestir en el día a día, Priscilla no se queda atrás, sabiendo muy bien cómo comparar lo propio con lo ajeno a través de lo que rodea a sus protagonistas en todo momento. 

Antes he dicho que Priscilla es un biopic y eso se nota, desgraciadamente, también afecta a la totalidad de la cinta. Quizás de lo que más sufre es de una rigidez que se demuestra a través de querer mostrar mucho en poco tiempo, haciendo que la ambición por proyectar una vida en la pantalla, termine por acortar ciertas escenas que necesitaban un tratamiento más personal, con más espacio para respirar. 

 

Notas y fotografías tomadas por Sofia Coppola en el set de “Priscilla”.

 

Lo frustrante es que por momentos lo consigue. En sus primeros 45 minutos, el filme brilla por su falta de restricciones y permitirnos interiorizar con sus pretensiones y personajes, dándonos el tiempo necesario para asimilar la psicología detrás de la historia.

Todas esas sutilezas de las que hablaba anteriormente parecen difuminarse cuando lo que se busca es avanzar rápidamente a momentos importantes en la vida de su protagonista, convirtiéndose en una experiencia rígida como consecuencia. 

Lo que apena es entender que esto se debe a la emoción y pasión que desborda de Coppola, la cual parece por momentos más interesada por mostrarte la mayor cantidad de información posible, en vez de procesarla y llegar a algún lugar con ella, lo que sí se consigue en la primera mitad.  

Una experiencia que una vez presentada (de gran manera) deja de buscar matices y, cuando los encuentra, pasan con tanta rapidez que se olvida de su inteligencia, decantando por una obviedad que contrasta con la habilidad de su directora por presentar situaciones interesantes de maneras dinámicas.

Priscilla, sufriendo con ideas que contrastan con su realización, no deja de tener un algo de interés, sin llegar a destacar fuera de lo que ya conocemos si hablamos de Sofia Coppola. 

 

Priscilla
«Si no me voy ahora, no me iré jamás»

 

Si esperas ver cómo a una directora con una gran habilidad para percibir la experiencia femenina y plasmarla en una historia trágica, Priscilla lo consigue.

Si hablamos de Coppola, esa experiencia es un piso mínimo que seguimos agradecidos de tener después de tantos años, a pesar de que la totalidad de la obra tenga problemas con su planteamiento que la detienen de llegar al nivel de los mejores trabajos de su directora.

Con sus debilidades constantes y su pasión  empedernida por su propia existencia, Priscilla no deja de ser la obra que esperábamos; una que nos transporta al detallista universo de Coppola nuevamente, sin lograr rodear una formulación muy torturada por su naturaleza, inherente a un biopic. 

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