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Ella sigue siendo Barbie, nosotros también

La cinta dirigida por Greta Gerwig es una inteligente e imperdible crítica social con mucho que decir sobre la vida moderna.

 

Somos lo que somos gracias a lo que consumimos. Somos lo que somos gracias a lo que vivimos, a lo que nos gustaría ser, experimentar y probar. Somos lo que somos por los libros que leemos, por las películas que vemos o los videojuegos que jugamos.

Somos los juguetes que nuestros padres nos decidieron obsequiar, las historias que decidimos contar con ellos y lo que queríamos que ellos fueran. Somos lo que somos porque Barbie sigue siendo ella misma, desgraciadamente, nosotros también.

Si hablamos de Barbie hablamos de estética. Aquellos colores pasteles se unen con un sentido del gusto abrumadoramente bien resuelto, una cinematografía prodigiosa, un ritmo constante y secuencias que nos hacen recordar lo mejor de Jacques Tati. Todo esto transportado a un mundo que parece abrazar el pasado con sonidos contemporáneos. Barbie Land está viva, se siente como aquella tierra prometida por el conformismo. Un lugar donde no hay necesidades, cuestionamientos ni dificultades.

En vez de los problemas del mundo real, lo que vemos en el hogar de Barbie es un planteamiento arquitectónico alucinante, un diseño de vestuario que es funcional a la visión casi de ensueño que la pieza consigue retratar con una efectividad natural, sin dejar de ser un reflejo critico de una utopía comercial. Cuando la temporada de alfombras rojas y premiaciones esté sobre nosotros, podemos debatir sobre qué película es la mejor. Si hay algo que no es debatible, es que, a niveles de producción y buen gusto, la muñeca de Mattel no tiene competencia.

Barbie es estética, pero no sobrevive gracias a ella.

 

Ryan Gosling, Margot Robbie y Greta Gerwig en el set de grabación de Barbie. (2023)

 

La obra protagonizada por Margot Robbie logra ser una comedia al mismo tiempo que un estudio sociológico de géneros, de la raza humana y de la importancia de la cultura popular en nuestras vidas.

Detrás del glamour hay un guion que no solo entiende a la figura de la propia Barbie, sino que entiende a sus detractores, a sus estereotipos y tiene una lectura social que parece adelantarse a lo que nosotros como público asociamos con la figura de la muñeca platinada.

Lo mismo ocurre con Ken, el eterno accesorio de Barbie. Un papel que Ryan Gosling convierte en una fuerza de atracción por su rol humorístico, pero también conceptual. En los ojos de Barbie vemos un mundo que muestra sus verdaderos colores, mientras que en los de Ken uno que lo recibe con los brazos abiertos.

Entiende muy bien el porqué estamos viendo esta película, el porqué es una tendencia y lo aprovecha para responder a esa pregunta con realidad pura, entendimiento coyuntural y sin miedo a emular una sociedad patriarcal por medio de la sátira. Greta Gerwig se aleja de sus anteriores películas, más personales, íntimas, con un sentido de fraternidad. Lo que mantiene es esa capacidad de crear un guion sincero, con un nivel cultural que va de la mano con su condición como creadora de voces femeninas fuertes, perspicaces y por sobre todo; inteligentes.

Esa inteligencia a la hora de señalar, deja entrever una realidad latente, la cual fluye entre lo estético para desembocar en una película que entiende muy bien cómo pasar del asombro al humor, de las risas a la profundidad y del pensamiento personal a la naturaleza humana. Sus preciosos planos, su buen gusto musical y sus actuaciones palpables a través de la pantalla, dan como resultado a una cinta frenética a ratos, apacible por momentos, pero por sobre todo valiente y estructuralmente exquisita.

 

 

La obra muestra su naturaleza cuando es capaz de no tomarse en serio, de tener tanta seguridad en sus ideales que es capaz de plantearlos como una sátira de sí misma. Confía tanto en lo que busca que no necesita tratar al espectador como un ente externo, lo trata como la persona más indicada para esta historia porque es la que todos conocemos.

Barbie nos enfrenta y asombra por su latente honestidad. Aquella cualidad la separa de lo burdo, nos hace pensar en cómo entendemos a nuestras fuentes culturales y cómo mutan a través de nuestro propio contexto. Una crítica tan acertada que nos obliga a reflexionar sobre nuestro papel en el entorno que nos rodea.

Finalmente eso es Barbie, el resultado de un contexto; uno moldeable, uno que obedece a los que siempre lo han manipulado, lo siguen manipulando y de no ver más allá de las risas, la cosa seguirá igual.

Efectivamente, Barbie puede ser quien quiera ser, porque la sociedad es el marco de referencia de un ícono que, de la mano de la audacia cinematográfica, comienza a marcar el camino en vez de seguirlo. Deconstruir a Barbie como producto es una tarea aterradora, pero hacerlo como concepto lo es aún más. Puede que el glamour y la estética sean dignas de alabanzas, pero lo que realmente nos deja este experimento audiovisual, es una respuesta muy clara.

Barbie seguirá siendo quien quiere ser, los que debemos decidir qué queremos ser seguimos siendo nosotros.

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