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Los Pulentos y su importancia cultural

La serie infantil de Canal 13 sigue siendo uno de los hitos más grandes al hablar de animación nacional.

 

Las producciones chilenas siempre han tenido problemas con la representación fidedigna de las clases sociales bajas. Quizá porque la gente detrás de la televisión no conoce más allá de estigmas infundados, o simplemente no se atreven a realizar un trabajo más profundo para conseguir su material audiovisual.

Es por aquello curioso que una de las series más icónicas y recordadas de la televisión chilena, sea una que sí contextualiza aquella realidad de manera correcta, la protagonicen cinco niños de una villa, un perro sospechosamente intelectual y una salchicha que dice ser un ratón. Los Pulentos fueron un producto con mucho que decir y bastante legado cultural que dejar.

Las aventuras de Nea, Benzo, Walala, Barry y Ramón siempre estuvieron conscientes de sí mismas como una realidad que traspasaba las pantallas de Canal 13. En la serie no vemos familias bi-parentales, situaciones idílicas ni una ambientación a la orden de planteamientos arquitectónicos fuera de la gran mayoría de hogares en nuestro país.

Los pulentos vivían en una villa, una como cualquier otra. Tienen problemas comunes y eso incluso se refleja en la música que el grupo realiza. Al fin y al cabo, ellos mismos se describen como: «las joyas del block». Diego y Glot y Villa Dulce también son ejemplos de esta tendencia en la animación, una que buscaba representar un espectro amplio, en aquel 2005 menos representado, y con un sello de identidad más nacional y menos influenciado por las corrientes extranjeras.

 

De izquierda a derecha: Ramon, Benzo, Barry, Nea y Walala

 

La representación es una temática que va de la mano con los intereses de alguna entidad. Bajo este principio, la prioridad de una estación de televisión como Canal 13, quizás no era lograr un impacto cultural significativo, lo que probablemente se buscaba era abarcar un público mayor al cual poder enganchar lo suficiente para traer de vuelta al mundo de la televisión abierta.

Sin embargo, fuera cual fuera la intención, Los Pulentos nunca dejaron de ser ellos mismos. Se enfrentaban a personajes de barrio como la vieja Mercedes o el Capitán Zamora, los cuales sirven para mostrar la diversidad que existe en los barrios populares, donde no se estigmatiza ni se encasillan ciertas conductas por el simple hecho de venir de una villa. La labor social de Los Pulentos recae precisamente en ampliar la representación. Ser un programa con el que los niños se pudieran identificar no solo por lo que les ocurría a los personajes, sino también, por el lugar en el que estaban.

Hoy en día, Los Pulentos son recordados por sus coloquiales situaciones, bizarra animación y, porqué no, ser el material de bastantes memes en internet. Lo que esto demuestra es que muchos de nosotros crecimos con estos personajes. Crecimos viendo a Nea siendo la voz de la razón, a Benzo creerse el líder del grupo, Walala colgado de un techo, Barry jugando videojuegos o a Ramón sufriendo por el amor de Nea.

Que muchos hayamos crecido viéndonos representados situacionalmente, es un impacto cultural que no se borra fácilmente. Resulta curioso que telenovelas, películas y otros productos con grandes presupuestos por detrás, solo logren reproducir estereotipos de una realidad que no conocen ni pretenden conocer. Mientras que una serie de animación realizada precariamente hace más de 15 años, haya logrado identificar a niños de aquel espectro tan olvidado por la televisión chilena.

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