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Review: The Tortured Poets Department

La artista más importante en la industria musical ya ha estrenado el primer gran evento del año y ha traído consigo una controversial fórmula que ha funcionado comercialmente pero no del todo críticamente

Taylor Swift es la artista más importante de nuestra generación y eso en este punto es una obviedad. Independiente de tu gusto musical, tus credenciales sonoras o cualquier propiedad integral que te rodee, el fenómeno cultural que significa Taylor Swift es, en gran parte, por saber escoger muy bien cada una de sus eras y que representan en su vida. El ejercicio de ponerse siempre en el frente exponiendo sus sentimientos constantemente es principalmente el ejercicio que la ha llevado a ser lo que es y «The Tortured Poets Department» no es la excepción.

Swift, quien viene de un controversial «Midnights», el cual le valió un Grammy a álbum del año, viene dando un giro hacia una maduración ya no solo lírica, la cual sigue al debe en este nuevo trabajo, sino que también un crecimiento sonoro importante. Desde los bosquejos más pop de «1989» y «Repuation», Taylor buscó nuevas formas de conectar, siendo el resultado de esta búsqueda «Folklore» y «Evermore», un par de trabajos que, de alguna u otra manera, hicieron que la crítica y los menos adeptos a sus trabajos anteriores, se dieran cuenta de que Taylor podría ser más que una popstar feroz de cara al mainstream.

 

 

Seamos sinceros, Swift nunca ha sido una artista de nicho. Ha peleado por mantenerse arriba en las corrientes populares y lo ha conseguido gracias a una habilidad casi profética de marcar tendencias en la simpleza de conectar con sus fans. Por eso, cuando TTPD, arranca sintiéndose como un trabajo tan poco imaginativo y desorientador de cara a lo que propone, es una desilusión por el abanico de posibilidades que se pudieron haber usado.

«Fortnight» es la pieza que abre y con la cual nos muestra sus influencias principales y estilos. En colaboración con Post Malone, el cual con su voz tan característica se pierde en la misión de solo hacerle coros a la artista sin jamás llegar a usar su potencia para contrastar con la suavidad de Swift, la canción sigue el camino de Midnights, el de esta búsqueda por el pop ambiental que no busca pegar, sino más bien atrapar de la mano de un synth pop refinado.

 

Carente de intenciones 

 

Desde su inicio hasta su final, el proyecto carece de esa fuerza, terminando en piezas que no crean cohesión entre sí a pesar de que podrían hacerlo si la intención lírica y estética de cada uno de sus partes, no estuviera tan indecisa en lo que quiere ser. Por momentos se siente una fuerza de crear algo más interesante sonoramente, de agregar más que sintetizadores que estén de fondo sin contribuir a la lírica de Taylor.

En temas como «I Can Do It With a Broken Heart», esa intención se desborda en una divertida lírica que logra relajarse, la cual se encuentra con un background que le suma elementos resaltantes a la mezcla, teniendo un hilo conductor fijo, una intención más allá de servir como una balada que busquen poco y nada en perspectiva. Pero en un álbum de 16 canciones (sin sumergirnos en su versión extendida) estos momentos terminan por ocultarse bajo la pretensión de complacer el morbo detrás de sus interpretaciones.

 

 

Si pienso en Taylor Swift pienso en sinceridad, en ingenio narrativo y en cómo este guía una apertura sentimental que conecta con millones en el mundo. TTPD, probablemente, siga sintiéndose de la misma manera, sin resaltar. El problema, y el porqué de la situación, se encuentra en que la autenticidad de estos momentos se ha convertido en lo esperable. Ya no importa cómo se realice, de qué manera se plantea, ni como Taylor lo resuelve, lo que importa es que dice y para quien es.

Este morbo por ver a quien Taylor decide dedicar sus canciones siempre, desde sus primeros trabajos, ha sido un poco parte de todo. Quizás con el nivel abismal de popularidad de la artista, esas pretensiones para los más adeptos, los más swifties, han nublado a la capacidad sónica de la compositora de darle giros a lo que la gente espera, vuelcos que este álbum simplemente no quiere dar y prefiere cultivar la cantidad y la literalidad de lo dicho, en vez de buscar sentimientos desde las sutilezas y la confección.

 

 

Desde este punto, canciones como la homónima del disco «The Tortured Poets Department», «The Smallest Man Who Ever Lived» o «I Can Fix Him (No Really I Can)», se transforman en probablemente el punto más discutido que verás sobre el álbum, no por su plana y segura propuesta, sino por saber si es para Matty Healy o Joe Alwyn. Con esto no me refiero a que no haya un valor detrás de desnudarse el alma con base en tus experiencias amorosas, el problema es el cómo lo realiza.

 

La búsqueda de la identidad se transforma en la perdida de esta

 

«But Daddy I Love Him» es una canción que desesperadamente trata de poner una cuota de sarcasmo al proyecto, muy parecido a lo creado por Olivia Rodrigo en «Bad Idea Right?», de su último disco GUTS, pero al tener una perfomance que no se compromete con la labor y una forma tan solemne de tratar su desarrollo, termina siendo una incómoda y poco clara interpretación de una buena idea base.

 

 

En «Down Bad», lo mismo sucede, pero esta vez con Taylor tratando de hacer alegorías a una abducción extraterrestre que, de nuevo, por tomarse tan en serio y proponer tan poco estéticamente, esa sensación de incomodidad se alarga y termina por corromper una fórmula que Swift tiene más que bien conocida, pero en este álbum sus intenciones se dispersan tanto que no logra cerrar del todo la totalidad de la obra.

Esa sinceridad por la que Taylor se ha ganado a pulso su lugar en la industria esta presente de manera brillante en «loml», quizás la joya del álbum en la cual se permite respirar y seguir las perspectivas propias de la artista, llenándonos de una sutileza lirica bien utilizada que va de la mano con una producción ligera que suma por mantenerse al margen sin desaparecer del todo, creando ambiente y una apacible y conmovedora estética. Una pieza que prueba que el problema del disco no esta en sus conceptos o su proveniencia, se encuentra en su falta de matices y su bajo desplante para justificar su duración.

Quizás, el synth pop mostrado en Midnights o lo tremendamente real y conciso que se siente Folklore y su contemporáneo Evermore, tienen un valor como sus propias cápsulas de identidad en la artista. En TTPD, estas intenciones no se logran conectar jamás, al menos que se entiendan dentro de otros contextos, los cuales, desgraciadamente, ni lírica ni sonoramente logran hacerle justicia el talento de Swift como compositora, el cual se tambalea durante la totalidad del proyecto como consecuencia.

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