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Revisitando Unknown Pleasures: El sonido de la tortura

El primer álbum de estudio de la banda de Manchester, Joy Division, sigue siendo uno de los trabajos más únicos y personales no solo dentro del post-punk, sino que también en la música en general como símbolo de la tragedia transformada en una obra maestra: Unknown Pleasures.

Hay tantos mitos que rodean a Joy Division que es difícil poder discernir entre lo que es real y lo que no. Muchas de las creencias que tenemos sobre el grupo de Manchester liderado por el melancólico y torturado Ian Curtis, han sido alimentadas gracias a sus enigmáticos pero hipnóticos trabajos de estudio, donde su debut, Unknown Pleasures, ha sido la piedra angular de un tipo de post-punk que hoy en día probablemente has visto en una que otra camiseta.

El primer y más icónico trabajo de Joy Division nació en medio de una intención por doblegar al punk, buscando y consiguiendo un sonido ciertamente de ultratumba. Puede que para muchos la banda naciera gracias a las influencias de actos subversivos, una especie de unión entre la estética y simpleza de los Sex Pistols combinado con una gran sensibilidad artística.

Algo de eso habrá habido (no me atrevo a ponerlo en tela de juicio la verdad), sin embargo, para Bernard Sumner (guitarrista) el inicio de la agrupación era mucho más simple que eso, obedeciendo a una razón mucho más banal y poco romántica.

 

“Nos resultaba difícil ligar con chicas y pensamos que sería más fácil si estuviéramos en una banda, para ser brutalmente honesto”.

 

 

Unknown Pleasures
De izquierda a derecha: Stephen Morris, Peter Hook, Ian Curtis y Bernard Sumners, miembros de Joy Division.

 

Independientemente si debemos agradecerle a la nula capacidad de Sumner y Peter Saville (diseñador) para acercarse a las mujeres, o a la poética mente de Ian Curtis, quien se uniría a la banda luego de llamar a un número de teléfono que se encontraba en un anuncio buscando un vocalista, lo cierto es que cuando el mundo escuchó Unknown Pleasures por primera vez, algo era irrefutable, no había nada que sonara igual.

Aquel material narrativo que tan fructuoso e identitario terminó siendo, se debía a un joven Curtis de 19 años que admiraba a figuras literarias como Fydor Dostoevsky, Franz Kafka y William S. Burroughes. Con este último, Ian tendría una pasajera, anecdótica y desilusionante interacción.

El 16 de octubre de 1979, se llevó a cabo un evento donde William S. Burroughes, en aquel momento se considerado como un padre de la poética punk y rock, presentó una lectura para los asistentes, quienes podían también disfrutar películas del estilo gótico, cerrando la velada con una presentación en vivo de Joy Division.

Un evento multidisciplinario que a muchos nos gustaría presenciar, para Ian Curtis era cuestión de vida o muerte. La figura de Burroughes lo era todo, uno de sus ídolos más grandes, con el cual esperaba cruzar una palabra. Al conseguirlo se lanzó esperanzado hacia el escritor, soltando una pregunta sobre qué le parecía la banda “Suicide”. Ante la emocionada mirada de Curtis, el autor, según Annik Honoré, codirectora del lugar, pensó que se refería al acto del suicidio, por lo que William respondió con desdén y se alejó.

 

Joy Division en la grabación del video musical de «Love Will Tear Us Apart»

 

Luego, al terminar su show, Ian volvió a acercarse a su ídolo, el cual confesó no haber visto su show por estar a lo suyo con otras personas, sin prestar atención a la música de Joy Division. El interprete de «Insight» se marchó decepcionado, destrozado por la manera en que se dio su encuentro con una figura que, según sus palabras, se lo había entregado todo, moldeando las letras y estilo único de la joven pero esquiva agrupación.

Su sonido sería definido en la biografía de Bernard Sumner como un espejo del entorno: “Joy Division sonaba como Manchester, fría, escasa y por momentos sombría”. Un fenómeno interesante que, años más tarde, se repetiría con Oasis en los 90s, muchas veces definidos por reproducir la sonoridad de las clases trabajadoras de las zonas populares de Manchester.

Quizás no para William S. Burroughes, pero para los círculos de aficionados y críticos, Unknown Pleasures ha defendido su estatus de obra maestra, alabada por su influencia, pero también por ser una pieza clave de cara a la importancia cultural interdisciplinaria entre la música y la ciencia. Las ondas que representan al sonido de Unknown Pleasures, provienen desde Peter Saville, quien tomó la ilustración de la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge de 1977, la cual presenta el hallazgo del científico Antony Hewish, quien detectó señales cortas de radio que provienen desde fuera de la tierra.

Si de algo nos sirve relacionar esta frecuencia con el contenido del álbum, es para entender al proyecto como uno único entre sus pares, tomando elementos del punk y derivando en una fuerza introspectiva y poética, con la lírica de Curtis enfrentándonos a la oposición de la plenitud.

Narrativa que, a través de sus 10 canciones, es la de una persona en busca normalidad, singularidad y tranquilidad; deseo el cual nunca llega gracias a un impedimento externo, una tendencia por la tragedia, como si una constante y dolorosa tortura se llevará a cabo en cada intento de ponerse de pie.

 

 

«I’ve been waiting for a guide to come and take me by the hand»

 

A veces lo plasma con sintetizadores y simples, pero pegajosas líneas de bajo y guitarra que evocan esperanza y ritmo frenético, como en Disorder o Interzone, para luego, en los cortes melancólicos (o aún más melancólicos, ya que todo el álbum en su totalidad tiene un pesado trabajo ambiental que evoca tristeza) como New Dawn Fade o Shadowplay, hundirse en una miseria tanto lírica como sonora.

Murmullo que no deja jamás de ser subversivo, jugando constantemente con elementos que podrían considerarse pop o mainstream, modificados con sintetizadores y pasajes instrumentales que los ahogan hasta atraparlos en la condena y nihilismo que el disco logra paso a paso.

Una experimentación personificado a través de una performance vocal con espacios para interpretaciones variadas, siendo el enigma del mensaje y la evidencia de su singularidad, elementos que nos persiguen a través de la poesía oscura de su realización.

No son pocas las referencias autobiográficas que Ian Curtis dejó en su propia obra. Si volvemos a tomar el material lírico y lo fusionamos con las vivencias del vocalista, veremos que en su vida el impedimento de cara a la normalidad fue su enfermedad de epilepsia y constantes batallas contra el deterioro psicológico. Torturándolo continuamente, desencadenando trágicamente, en el suicidio a la corta edad de 23 años.

 

 

Portada alternativa de «Disorder», primera canción en el disco Unknown Pleasures

 

 

Este pesar se expone también en la apatía, la perdida del deseo, del sentir. Durante los 40 minutos de Unknown Pleasures, nos sumergimos en la cabeza de un compositor torturado, que a través de una mente innovadora como la del productor Martin Hannett, el cual en tan solo 3 fines de semana plasmó el sufrimiento en un trabajo de post punk histórico para la escena, se transformo en una obra irrepetible por sus resultados pero también por sus intenciones.

Hannet revelaría en una entrevista para Mojo Magazine, cómo fue trabajar con Ian Curtis, Peter Hook, Bernard Sumner y Stephen Morris para crear Unknown Pleasures, destacando la libertad que tenía como consecuencia de la inexperiencia de los integrantes:

 

“Había mucho espacio en su sonido. Esto fue un regalo para un productor como yo No tenían ni idea y no discutían mucho”.

 

Puede que hoy veamos a alguien usando una camiseta de Joy Division y asumamos que se debe a simplemente a ser un llamativo y original logo. Además de revelar el gran trabajo estético y conceptual del álbum, lo que también podríamos asumir es que esos pesados sentimientos de tragedia, se transmiten incluso en su presentación netamente visual.

Si por primera vez te enfrentas a Unknown Pleasures, probablemente tengas que aceptar la lentitud con la que sus ideas se desarrollarán. Sería imposible no sentir la pesada carga de miseria que emanan de aquellos sonidos que, bajo otras circunstancias, nos llamarían a una interacción física, a levantarnos, bailar y disfrutar en movimiento.

Sin embargo, no tendemos a hacerlo. Cuando escuchamos el proyecto tendemos a relegar nuestro papel de receptores contestatarios, convertirnos en víctimas de una hermosa oscuridad. Unknown Pleasures es capaz de suprimir y doblegar no solamente a los elementos que presenta, sino que también a sus oyentes, obligándonos a lidiar al sonido de la tortura y el hermoso trabajo detrás de la apatía por la vida; la aceptación por dejar de existir y la fuerza de un punk tétricamente onírico.

 

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